Marquetería de la Sierra Alta de Oaxaca

Coleccionista03

Me pregunto cómo podemos relacionar o explicar la estancia de alemanes en México en el siglo XVI, cuya presencia evidente se manifiesta en diversas partes del país y por muy diversos medios; unos cuya memoria no tengo clara, y otros donde su manifiesta estancia es certera, aunque los doctos del estudio no la tomen como real, por no haber sido descubierto documento alguno hasta el momento, que avale lo obvio como “científico” y, por lo tanto, las conjeturas y suposiciones que durante siglos han formado parte del contexto histórico, hoy no tienen validez.

Nos remontamos a una época anterior en el tiempo y en el espacio y vemos la España saliente de la Edad Media, efervescente y turbulenta a la muerte del rey Fernando el Católico. La dirección del Estado cambiaba de manos hispanas a las extranjeras; en su caso, a los Habsburgo. El emperador Carlos V de Alemania, que al llegar a tomar el trono como Carlos I de España, no solo no dominaba la lengua española, sino que era muy ajeno a la idiosincrasia hispana por su educación flamenca.

Hacia 1522, España se encontraba con un Estado exhausto, apagando levantamientos. La guerra con Francia y el acecho islámico la asediaban, por lo cual presentaba económicamente un enorme déficit de Estado. Se conoce de los vastos préstamos que la Corona se veía obligada a pedir a varios banqueros, principalmente genoveses, flamencos y a los alemanes, en donde destacan los nombres de Wesler y Fugger, o Fuker, ya españolizado.

Las remesas de exuberantes joyas procedentes de las recientes conquistas no cubrían el adeudo, y de ellas era sabido que los banqueros Fugger y Wesler tenían preferencia y beneficio.

Es digno de mencionar que en la expulsión de 1492 fueron extraditados los financieros judíos de España, y años más tarde Carlos V comprometía la producción de las minas de plata de Guadalcanal y las de mercurio en Almadén, Andalucía, como otros ingresos de varias de las órdenes de caballería a los banqueros alemanes de este origen, como le sucedía similarmente al rey Manuel de Portugal.

Carlos V, en su capitulación del 27 de marzo del 1523, confería en pago a los banqueros Wesler, títulos y beneficios sobre los territorios recién descubiertos en la América del Sur, lugar donde está la actual Venezuela, para fundar dos pueblos, cada uno con 300 de sus gentes, para la explotación de la minería y la esclavitud, cosa que hicieron sin recato por 18 años hasta 1546.

Los préstamos e intereses crecían enormemente y también los compromisos que la Corona tenía que pagar sobre ellos, haciéndolo con amplias concesiones, títulos y beneficios sobre la explotación de los nuevos territorios de las Américas, y seguramente en otras diversas formas.

Para el siglo XVI se descubre o inventa la elaboración del azúcar, por lo que vemos como resultado de estas concesiones los enormes trapiches de la producción de esta materia en las actuales regiones de Morelos, donde la mano alemana se manifiesta, y así será ésta una de las zonas productoras de azúcar más prolíficas en la historia, dándole a México el primer lugar de producción mundial hasta que fueron totalmente inutilizadas por las huestes zapatistas durante la Revolución Mexicana de 1910, dejándole con ello a la entonces colonia norteamericana de Cuba la posibilidad de vender finalmente su producción en el mercado.

Así encontraremos asentamientos de alemanes en diversos puntos de nuestro virreinato. Estos variados y disímbolos núcleos de inmigrantes en nuestro México y la curiosidad que ellos me causan, me llevaron a descubrir la inmigración japonesa, en la cual basé mi libro El arte namban en el México virreinal, donde estos diversos núcleos de inmigrantes pasaron dejando escasos rastros, ya que, o siguieron su camino, o se integraron hispanizándose ellos y sus nombres y haciendo su presencia fugaz, pero ésta es innegable a través de los objetos que hoy, un anticuario como yo, pueda descubrir haciendo de estas suposiciones, certeras aseveraciones de su presencia.

Vayamos entonces a lo alto de la sierra norte de Oaxaca cuando, en 1526, se funda –por Diego de Figueroa– el presidio de la Villa Alta de San Ildefonso, dándole honor a su nombre, y en donde, hacia 1590, existía ya el barrio de Analco (topónimo náhuatl que se traduce como “al otro lado del río”), como lo mencionan el estudioso y muy respetado amigo Gustavo Curiel, junto con la querida Hilda Urréchaga y la experta en maderas Alejandra Quintanar, en el primer estudio publicado sobre mobiliario virreinal por Artes de México (2012). Dicho estudio apoyó la exposición en el renombrado Museo Franz Mayer, bien llevado por su director y amigo Héctor Rivero Borrel, hace tan sólo un par de meses, en donde tuve el honor de prestar varias piezas y volver a ver muchas otras por mí descubiertas y vendidas, y sobre el cual basaremos de aquí en adelante este artículo para tener fundamentos “científicos” y recomendarlo para futuras lecturas en la materia de la producción de estos muebles, de los cuales trataremos.

Así, en este alejado barrio enclavado en la Mixteca oaxaqueña, punto importante de la elaboración del colorante rojo de grana o “tinte de cochinilla”, altamente apreciado tanto por el mercado local como para su exportación, encontramos la manufactura de muebles, en su mayoría “móviles” por así decirlo, trabajados en la técnica denominada de taracea, o carpintería de lo blanco, al estilo alemán de los muebles de Nüremberg, donde se aprovecharán las exóticas maderas de las exuberantes selvas oaxaqueñas. Su manufactura consiste en recortes a delgadas hojas de contrastantes maderas, las cuales se embuten unas con otras, afianzándolas con clavetes que yo, erróneamente en una forma romántica, decía que eran puntas de maguey.

Algunos de ellos están rara y ligeramente coloreados en rojo con la misma grana de cochinilla, con verde, amarillo y guinda, haciendo figuras cuyas composiciones en su gran mayoría son sacadas de grabados doctos, basados en la literatura clásica y elaborados por maestros alemanes o flamencos. Al esgrafiarse las figuras para que destaquen, se hará en forma contrastante con la aplicación de una pasta renegrida, denominada zulaque, de complicada elaboración, ya que está hecha de una mezcla de pelo de chivo, cal, carbón vegetal y linaza. Esta receta se ha conservado gracias al rescate hecho por nuestro célebre amigo, el arquitecto y estudioso don Jorge Loyzaga; con ella se da la apariencia de ser una xilografía o grabado en madera. Podemos extendernos ampliamente en el estudio de estos raros muebles –un orgullo más de nuestra gran creatividad artística–, ya que realmente son un portento en construcción técnica y calidad, que es descubierta en estudios como el aquí recomendado, donde pretendo poner mi granito de arena con mi opinión sobre la procedencia de estos personajes y de la técnica creadora de estos muebles, los cuales he encontrado desde los mejores museos en el mundo, hasta las maravillosas iglesias en la sierra oaxaqueña, como el caso de San Jerónimo, Tlacochahuaya, donde nuestro orgullo siempre brillará.

 

[Artículo publicado en la revista “La Revista”. Número 37, mayo de 2012].

 

 

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