Del objeto a la anécdota

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En este curioso trabajo de anticuario uno es llevado por constantes hallazgos y sorpresas que hacen descubrir y conocer tanto objetos que abren un panorama maravilloso del paso del hombre a través del tiempo, como conocer y descubrir a grandes personajes: importantes pensadores o gente que en cierta forma creó y trascendió por algo importante que la hizo sui generis en su momento y que, por ello, tuvieron, crearon o coleccionaron objetos curiosos. Algunos de ellos afortunadamente aún se conservan y gracias a esta profesión, nos es posible verlos. Así, gracias a un queridísimo amigo, tuve la oportunidad de visitar una casa que se encuentra en pleno centro de la Ciudad de México, que tenía cerca de 100 años sin ser tocada.

Al entrar por el inmenso portón con bellos herrajes y chapetones en bronce que nos transporta al momento de su construcción, durante el siglo XVIII, con una señorial presencia por la bella y austera fachada de piedra volcánica de tezontle color rojizo con un diseño en la misma piedra negrezco quemado, con reas oradas y magistralmente batidas en fierro, me envolvió extraño sentimiento al entrar a esta casona que también funiera como institución de beneficencia.

Mi primera impresión fue el patio: con recias columnas y amplias arcadas que sostienen un pasillo superior cuyo acceso es a través de una escalera de piedra. Fue aquí donde se me informó el nombre de ésta: la Institución Liceaga. Entonces pasé inmediatamente y con ese deseo de descubrir qué era ese llamado de nostalgia que se sienta flotando en el aire como emanado de las paredes. Caminé por enormes salones que contenían una extraña maquinaria desconocida para mí y que, fui descubriendo, servía para la fabricación de vacunas y medicamentos. Pasé a un próximo salón que me llamó profundamente la atención, ya que solamente conservaba un escritorio al centro y, para darle una forma oval al cuarto rectangular, se tenía una gruesa tela sobre bastidores de madera pintada al óleo en color mostaza con dioses de influencia pompeyana. Esta le daba un aire de gran señorío y posteriormente, otro anticuario y yo lo mandamos desarmar y conservamos para su posterior venta. Tuve también la oportunidad y fortuna de comprar algunos muebles, entre ellos este salón entero, sin tener en ese momento conocimiento de los personajes que habitaran parte del edificio donde se elaboraron cientos de miles de vacunas de todo tipo.

Pasé así de salón en salón con el tema repetitivo de esta extraña maquinaria —en estado de desuso pero que demostraba haber tenido una vida intensa de trabajo— que me hacía sentir en un estado de paz al imaginar esa producción de tantísimas vacunas que allí se produjeron. La casa tenía una extraña vibración de paz, un sentimiento de victoria sobre los males que combatió y me quedó grabado en la mente un tibor balaustrado con bellas flores pintado al fresco en azules y rojos sobre la pared, que junto a esos largos ventanales de hermosos herrajes salvaguardan todavía, al día de hoy, la privacidad del aposento. Así, estas flores pintadas sobre la pared me transmitieron un enorme sentimiento de nostalgia y, como a cualquier romántico —grupo al cual afortunadamente pertenezco— empecé en mi fantasía a crear un sinnúmero de historias, algunas de ellas probablemente impregnadas en esa pared.

Aquí, como en varias ocasiones, se terminó la relación tras algunas visitas, la compra y el pago. Tiempo más tarde gracias a otro estimado amigo —el gran tocayo Rodrigo Reina Liceaga, cuyo apellido descubrí asociado a los personajes de esta casa— me sentí motivado. Como en diversas ocasiones, en las que un objeto o un personaje te llevan por una casual curiosidad a descubrir un campo diverso de otros mundos, me encontré hilando descubrimientos y con lo ya guardado en mi memoria lo fui haciendo familiar.

Fue esa sensación que tenemos cuando un conocido resulta ser el autor de algo que admiramos y surge entonces una cascada de pensamientos casuales que se unen en la mente, identificándolos como a uno solo. Así, la curiosidad, alma de todo descubrimiento, me llevó a buscar la identidad de este personaje de apellido Liceaga que sentía casi conocido y que describo a continuación:

El doctor Casimiro Liceaga fundó el llamado Establecimiento de Ciencias Médicas, antecedente de la Escuela Nacional de Medicina. Liceaga colaboró con los investigadores de su tiempo que encontraron medidas para erradicar la fiebre amarilla, el germen del tifo y muchos otros de los descubrimientos que pusieron a México a la cabeza en materia de salud a nivel mundial, culminando en 1896 con la creación del Hospital General. Viajó a Francia para estudiar los métodos más adelantados sobre la desinfección, sus efectos y logros en el mejoramiento social de la salud. Fue el año que se fundó en Francia el Instituto Pasteur, de donde Liceaga trajo a México el cerebro de una liebre inoculada de rabia para producir —en la casa descrita anteriormente— la primera vacuna antirrábica, aplicándola en 1888 en nuestra ciudad y llevándola a todos los confines de nuestro país, dando con ello un paso agigantado a la solución a este mal.

Incursionó Liceaga, con el espíritu de un verdadero hombre del renacimiento, en los más destacados descubrimientos como la naciente fotografía, con la cual dejó importantes testimonios médicos, llegando inclusive a ser profesor de esta materia. Además de que su amor por la música lo llevó a ser el Secretario de la Sociedad Filarmónica de México. Fue creador de la conocida colonia Doctores en la Ciudad de México, urbanización donde aplicó sus conocimientos sobre salud pública y donde las calles llevarían el nombre de todo doctor importante en la historia de la medicina en México.

 

Y así, una vez más completamos el conocimiento que descubrimos desde un objeto, el cual nos hará descubrir a personajes protagonistas de momentos importantes de la historia.

 

[Artículo publicado en la revista “La Revista”. Número 53, octubre de 2013].

 

 

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