El Buda

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Cada vez que se habla de Budismo se trata de explicar, en muy diversas formas que van desde una religión sin Dios y una filosofía práctica de la vida, hasta un dogma, un camino de conducta o una forma de ser. En fin, el budismo tiene varias y muy diversas definiciones en las cuales cabe, sin poder con ello ni explicarlo, ni definirlo ni limitarlo.

En el siglo VI antes de Cristo —siglo sublime y fantástico, de luz y sabiduría para la humanidad, ya que nacieron y predicaron grandes iluminados como Confucio, Lao Tse, Zaratustra y los filósofos Sócrates y Platón entre muchos otros— es un siglo que diversos historiadores definen como el siglo estrella de varias civilizaciones, en él destacan dos príncipes iluminados, ambos nacidos en las lejanas tierras de India, hombres nacidos príncipes que se revelarían contra su destino para evitar ser gobernantes. Nació entonces Bahubali, quien renunció con ejemplar y pacífica forma, y cuyas enseñanzas sobre cómo la violencia es la causante de todo mal y sufrimiento lo convirtieron en el fundador de la secta Jainista del hinduismo. En el mismo siglo llegó al mundo el príncipe Siddharta Gautama, quien en su filosofía contra el sufrimiento del vivir y con la cadena de las reencarnaciones, es quien crea y funda el budismo.

Su historia muy conocida relata al rey Shaddhodhan, rey de Kapilvastu, y a su reina Mayadevi, quienes no habían logrado tener descendencia, cuando una noche la reina tuvo el sueño de un elefante blanco entrando a su regazo dejándola embarazada, dando a luz en el bello parque de Lumbini al Buda y muriendo ella al séptimo día. De esto tomamos que el elefante blanco es la personificación del mismo Buda, su presencia auspiciadora y, por tanto, el símbolo de varios países y grupos budistas, como es el caso de Tailandia.

Su vida temprana se desarrolla aprendiendo los trabajos y deberes de un príncipe, llegándose a casar con la bella princesa Yasodhara, con quien procrea posteriormente al príncipe Rahul. Un día mientras viajaba, el príncipe Siddharta conoció a un anciano y, sorprendiéndole el hecho que él también llegaría a la vejez, vio el dolor en otros y los sufrimientos del vivir. Al visitar un monasterio descubrió el deseo del camino a la luz que es lograr con un recto actuar, durante varias vidas, la iluminación y romper con ello las causas de las reencarnaciones y del sufrimiento.

Muchos hemos gozado la lectura de su vida a través del bello libro Siddhartha, de Hermann Hesse, del cual tenemos las imágenes de los sublimes momentos en que el Buddha pide, en una rebelión pacífica, permiso a su padre para dejar su obligación principesca de gobernar y poder en forma ascética llegar a profundas meditaciones y austeridades y en esas privaciones y recogimiento. Quería aprender de todos los gran- des maestros de su época, lograr conquistar ese estado lumí- nico en el bello parque de Sarnat próximo a Benares, bajo la sombra del árbol de Bodh (ficus religiosa) y finalmente entrar al estado del Nirvana —estado de conciencia de la nada abso- luta, donde quedan rotas todas las cadenas del sufrimiento y la reencarnación. Murió el Buddha en Kushinagar con más de 70 años en, aproximadamente, el año 478 a.C. Predicó las cuatro verdades del principio y fin del sufrimiento y durante sus enseñanzas públicas sus discípulos se dedicaron a recopilar cuanta palabra fuera dicha por él.

Desde un principio, el budismo fue ayudado a su diseminación por los hinduistas, quienes declararon al Buda como una de las múltiples reencarnaciones del Dios Vishnu. Así empezó la predicación y diseminación de esta filosofía, cuando sus 40 discípulos, to- mando una vara del árbol donde el Buddha encontró la ilu- minación, caminaron en diversas direcciones sembrando ese bastón en los lugares donde se establecieran para difundir su sapiencia y haciendo que de ella renaciera el saber junto con un bello árbol como una muestra de su santidad. Así, recuerdo uno de esos bellos árboles en las fantásticas ruinas de Siguiriya en Ceylán, hoy Sri Lanka, árbol festivo lleno de coloridos listones que cantan al visitante la alegría de una vida llena de luz y de la esperanza del no sufrimiento.

Al pasar las fronteras con China, el budismo tomó el mejor camino, no sólo por su aceptación en la enorme China, sino porque ya en su apogeo llegó a Corea y de allí naturalmente al Japón. En su camino fue tocando los pueblos y naciones más recónditas de los Himalaya.

Así, el budismo nos da la posibilidad de explicar que tanto lo alto como lo bajo, el pensamiento como la materia, el espacio como el tiempo, toda contraposición está sujeta a cien interpretaciones, a mil explicaciones y a tantas variaciones como posibilidades que se encuentran latentes en el ánima y mente humana. En un mundo que no está estático, sino que se encuentra constantemente en movimiento, en potencia, donde el hombre se encuentra en ese constante devenir del ser, de lograr caminar hacia el sendero de la luz, y así el espacio se convierte en un tiempo visible, en una posibilidad de logro, en el encuentro con la nada que será la liberación del sufrimiento.

Y siguiendo las palabras del Buda “La vida no es un problema que debamos resolver, sino una realidad que se debe experimentar” se combinan la simplicidad con la profundidad del vivir y así se resume su doctrina en dos preceptos fundamentales: el llamado pequeño vehículo o Theravada, cuya función es la práctica de no hacer el mal a los demás, y el llamado gran vehículo o Mahayana, que es ayudar a los demás y es la base de la re- flexión meditativa. Aquellos que esto ya hayan logrado entrarán al Tantrayana o Vajrayana que es el vehículo en forma de diamante que nos llevará a él y con el logro de las dos prácticas en forma totalmente personal, trayéndonos al momento todas las experiencias del pasado, revelándonos nuestras potencias del futuro que, consecuentemente, nos llevarán a la iluminación.

 

[Artículo publicado en la revista “La Revista”. Número 56, febrero de 2014].

 

 

1 Response

  1. El Buda es famosamente recordado por haber dicho a sus discipulos, antes de morir, que no siguiesen a lider alguno. Tras su muerte, Majakasyapa fue designado por la sanga para presidir el primer concilio budista , junto a los otros dos principales discipulos Maudgalyayana y Sariputra .

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